Todo se teje: mujeres arhuacas, cuidado y trabajo en la Sierra Nevada
Crónica de las mujeres de Josa Constructoras de Paz y la primera Casa Ancestral del Cuidado de la Sierra Nevada.
Hay lugares a los que uno llega por trabajo y termina llevándolos consigo para siempre, se instalan silenciosamente en la memoria y transforman la manera en que entendemos el mundo, la comunidad de Jimaín en Pueblo Bello (Cesar) es uno de ellos.
Por: Helen Caicedo Londoño
Mi historia con la comunidad de Jimaín del pueblo Arhuaco, comenzó el 13 de diciembre de 2024 en Valledupar. Fui invitada a facilitar un taller sobre trabajo digno y decente en el marco de los encuentros participativos liderados por el Departamento Nacional de Planeación (DNP), cuyo propósito era recoger insumos para la construcción del CONPES de Trabajo Digno y Decente. Este instrumento de política pública buscaba establecer la hoja de ruta del Estado para los próximos diez años, con el propósito de avanzar en la reducción de la informalidad, garantizar ingresos justos, fortalecer la protección social y asegurar que el trabajo deje de ser únicamente una forma de sobrevivir para convertirse en una fuente de bienestar y dignidad para todas y todos los colombianos.
Sabía que el encuentro sería con mujeres y autoridades de la comunidad de Jimaín, lo que no imaginaba era que aquella conversación terminaría transformando profundamente mi manera de entender el cuidado, el trabajo y la vida comunitaria. Había leído sobre el pueblo Arhuaco en artículos, revistas y periódicos. Conocía parte de su cosmovisión, centrada en la Sierra Nevada de Santa Marta, a la que consideran el corazón del mundo, sabía que su misión sagrada consiste en custodiar el equilibrio universal, la naturaleza y la vida a través de la Ley de Origen, la meditación y el pagamento, esas ofrendas de reciprocidad que realizan a la Madre Tierra para mantener la armonía entre el ser humano y la naturaleza.
Admiraba profundamente su capacidad para preservar su cultura y sus tradiciones; sin embargo, nunca había tenido la oportunidad de compartir un espacio con personas de esta comunidad, escuchar sus historias de primera mano o comprender cómo entienden y habitan el mundo. Llegué a aquel encuentro con curiosidad, con muchas preguntas y con la certeza de que estaba a punto de conocer una realidad completamente nueva para mí.
Aquel día conocí a Yoraima Navarro Izquierdo, lideresa y fundadora de la Asociación Josa Constructoras de Paz. También conocí a Álvaro, a Seynekun y autoridades de la comunidad, con quienes sostuve conversaciones sobre la Sierra Nevada, la espiritualidad y la enorme responsabilidad de cuidar un territorio que para ellos es el corazón del mundo.
Sin embargo, fueron las conversaciones con las mujeres las que terminaron llevándome hacia un lugar que no esperaba. Me contaron que sus días comienzan hacia las tres de la madrugada y terminan muy entrada la noche. Hablaron de la preparación de los alimentos, del cuidado de las niñas, los niños y las personas mayores, de las labores comunitarias y de las interminables tareas del hogar.
Lo contaban con una serenidad que me sorprendió. Como quien narra la vida misma: un tejido continuo de experiencias donde las dificultades enseñan, las pérdidas fortalecen el carácter y las alegrías se convierten en la fuerza necesaria para seguir adelante.
Y fue allí, en medio de aquella conversación, donde apareció la mochila.
Hasta ese momento yo la había visto como una hermosa artesanía tejida a mano con lana de oveja, algodón o fique, reconocida por sus figuras geométricas que representan la cosmovisión y el pensamiento del pueblo Arhuaco. Ellas, sin embargo, me enseñaron que era mucho más que eso.
Cada mochila guarda horas y, a veces, días enteros de trabajo paciente. En cada hilo habita un conocimiento ancestral transmitido de generación en generación. Se teje en medio de la cotidianidad, entre conversaciones, responsabilidades de cuidado y recorridos por el territorio. Pero, además, la mochila representa un símbolo de resistencia y de lucha de su pueblo y, al mismo tiempo, una posibilidad de autonomía económica para muchas mujeres de la comunidad.
Entonces surgió una pregunta tan sencilla como profunda, ¿Cuánto vale realmente el trabajo de una mujer arhuaca?
La conversación nos llevó a hablar del comercio justo, de los intermediarios y de las dificultades que enfrentan las mujeres para que el valor de cada mochila refleje el tiempo, el esfuerzo y el conocimiento que hay detrás de ella.
Sin darnos cuenta, habíamos dejado de hablar únicamente de trabajo digno y decente. Estábamos hablando de cuidado.
De economía.
De dignidad.
De reconocimiento.
Y entonces apareció otra historia.
«Siempre he pensado que, si hay mujeres sanas, hay hogares sanos y territorios sanos»
Yoraima NAvarro, lideresa arhuaca
La Casa Ancestral del Cuidado.
La construcción de la casa ancestral del cuidado ya había comenzado con el apoyo de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y del entonces Ministerio de la Igualdad y Equidad. El propósito era crear un espacio donde las niñas y los niños pudieran ser cuidados desde la cultura arhuaca, mientras las mujeres disponían de más tiempo para fortalecer sus organizaciones, participar en procesos de formación, ejercer liderazgo y desarrollar actividades productivas.
Escuchaba a Yoraima hablar sobre la importancia de reconocer y valorar el trabajo de cuidados y pensaba en las 5r Impulsadas por la OIT: Reconocer, Reducir, Redistribuir, Recompensar y Representar. Había escuchado esos conceptos en reuniones, documentos y escenarios de discusión. Conocía su significado y sus propósitos. Pero ese día dejaron de ser categorías escritas en un papel.
Tenían nombres.
Tenían rostros.
Tenían territorio.
Cuando terminó el encuentro y emprendí el regreso a Medellín, llevaba la cabeza llena de preguntas y el corazón profundamente conmovido.
Pero, sobre todo, me acompañaba una certeza.
No quería que aquella conversación terminara allí.
Recuerdo que, cuando regresé, convoqué a una reunión a mis compañeras y compañeros de la Corporación Voces por el Trabajo. Les hablé de las mujeres arhuacas de la comunidad de Jimaín, de la Casa del Cuidado y de la emoción que me había producido conocer una comunidad que entendía el cuidado de una manera tan distinta y tan profunda.
Les dije:
—Creo que nosotros podemos aportar algo a este proceso.
Nadie preguntó si era posible.
La pregunta fue otra:
—¿Cómo lo hacemos?
Días después nos reunimos virtualmente con Yoraima, Álvaro, Seynekun y otras personas de la asociación. Les planteamos la idea de aportar un poco de nuestros conocimientos en fortalecimiento organizacional, liderazgo femenino, contabilidad, formulación de proyectos y comunicaciones. Aquel día compartimos ideas, posibilidades y sueños.
La invitación fue inmediata.
—No vengan a Valledupar. Vengan a Jimaín, compartan con la comunidad, conozcan nuestra cultura, nuestra cosmovisión y nuestra manera de entender y habitar el territorio.
Sin saberlo, nos estaban abriendo las puertas de su comunidad.
El 7 de mayo de 2025 emprendimos el viaje.
Éramos tres: Mayra, Juan y yo.
Pensábamos que íbamos a compartir conocimientos y a aportar un granito de arena al fortalecimiento de la organización y al tejido y la cohesión social de la comunidad.





No imaginábamos cuánto íbamos a aprender.
La primera noche la pasamos en un ecohotel en Pueblo Bello. Cuando llegamos, nos esperaba un delicioso tinto, producto del café que se cultiva en la Sierra, una mezcla de sabores amargos y dulces que dio paso al siguiente momento, compartir alrededor de una fogata, conocernos, intercambiar experiencias y aprender sobre el territorio.
Mientras las llamas consumían lentamente la leña, la conversación comenzó con el lugar que ocupan las mujeres en la comunidad, pues son ellas las guardianas del territorio, de la vida y de la cultura. Hablamos de las desigualdades, de las cargas de cuidado y de la necesidad de que las mujeres puedan disponer de más tiempo para sí mismas.
En algún momento apareció la palabra feminismo y descubrimos que, aunque proveníamos de mundos distintos y utilizábamos lenguajes diferentes, compartíamos muchas de las mismas preocupaciones. ¿Cómo construir comunidades más justas para las mujeres? ¿Cómo garantizar que puedan liderar, aprender, generar ingresos y participar en las decisiones colectivas?
Aquella noche comprendí que las luchas de las mujeres tienen muchos nombres y muchos caminos, pero suelen encontrarse en un mismo lugar, y es precisamente el deseo de vivir con dignidad.
Alrededor de la fogata también escuchamos historias sobre la Sierra, el agua, los bosques y los sitios sagrados. Las conversaciones avanzaban entre el español y la lengua propia de la comunidad (Iku). Había pausas y silencios que nadie intentaba llenar.
Simplemente se esperaba.
Y en esa espera también había una forma de conversar, en ese momento comprendí que los tiempos allí eran distintos.
A la mañana siguiente conocimos al mamo.
Le contamos quiénes éramos y por qué habíamos llegado hasta la Sierra.
Solo entonces comprendí que entrar al territorio requería algo más que recorrer un camino.
Había que contar con la autorización de los mamos, quienes son la máxima autoridad espiritual y política del pueblo Arhuaco. Su permiso garantiza un acceso respetuoso al territorio, compuesto por numerosos sitios sagrados. Ingresar sin su aval significa alterar un equilibrio ancestral y desconocer la autonomía, la espiritualidad y las formas de gobierno propias de la comunidad.
Con el ritual realizado y la autorización para recorrer el territorio, continuamos nuestro camino hacia Jimaín. El verde de las montañas, el azul del cielo y el canto de los pájaros nos acompañaron durante el recorrido. Cuando finalmente llegamos, observé niñas y niños jugando, mujeres tejiendo, mayores observando y una comunidad viviendo su cotidianidad.
Y fue allí donde entendí que en Jimaín, el cuidado no es una actividad, es una forma de organizar la vida.
El día siguiente estuvo lleno de conversaciones. Hablamos de liderazgo, organización, economía y proyectos, también hablamos de sueños.
Las mujeres de Josa nos contaron sobre la Ruta de la Mochila, una iniciativa para que los bonachis, como llaman a quienes no pertenecemos a la comunidad, puedan conocer el territorio, comprender la historia de la mochila y acercarse a la cultura arahuaca desde la mirada y cosmovisión de sus propios habitantes.
Entendí que una mochila nunca empieza cuando alguien toma una aguja para tejer.
Empieza mucho antes.
Empieza en la relación con la tierra.
Con el agua.
Con la memoria.
Con la transmisión de un conocimiento que pasa de generación en generación.
Y quizá por eso vender una mochila sin contar su historia es dejarla incompleta.
En una de nuestras conversaciones, Yoraima me explicó el significado de Josa. El caracol representa para el pueblo Arhuaco la vida y el origen del pensamiento, y su forma en espiral simboliza lo femenino. Por eso la organización lleva ese nombre.
Luego dijo una frase que todavía me acompaña:
«Siempre he pensado que, si hay mujeres sanas, hay hogares sanos y territorios sanos».
En una sola frase estaba resumiendo toda la filosofía de la organización, la defensa del territorio, el liderazgo de las mujeres, el cuidado, la paz y la organización comunitaria.
Allí terminó esa parte de la historia, nos despedimos del territorio y la comunidad con agradecimiento y con la convicción de que aquello no había terminado, por el contrario, apenas iniciaba.
La Casa Ancestral del Cuidado no nació de un solo esfuerzo.
Meses después la Organización Internacional del Trabajo convocó a la Corporación Voces por el Trabajo para fortalecer las capacidades institucionales, organizativas y operativas de Josa Constructoras de Paz , implementando los planes de fortalecimiento elaborados bajo las metodologías Think.CareCoop y Start.CareCoop, desde los principios de la Economía Social y Solidaria, la igualdad de género y el trabajo decente, con enfoque étnico e interseccional; además de administrar una donación destinada a culminar la Casa Ancestral del Cuidado.
La OIT no solo apostó por la construcción de una infraestructura.
También apostó por fortalecer las capacidades de las mujeres y de su organización, porque una casa puede construirse en unos meses, pero un proceso comunitario necesita herramientas para sostenerse en el tiempo. En noviembre de 2025 regresamos para realizar una visita técnica y determinar los materiales que aún se requerían para las adecuaciones finales de la casa del cuidado ancestral Arhuaca.
En diciembre volvimos nuevamente.
Esta vez viajamos Martha, Mayra, Juan Pablo y yo.
La casa ya empezaba a parecerse a la que tantas veces habíamos imaginado en nuestras conversaciones. Sin embargo, cada vez que las mujeres hablaban de ella, rara vez se detenían en las paredes o el techo, hablaban de las niñas y los niños, de las madres, de las jóvenes, mayoras, mayores y del tiempo. Siempre del tiempo.
Poco a poco entendí que la Casa del Cuidado nunca había sido únicamente un proyecto de infraestructura.
Era, sobre todo, un proyecto de vida.
Finalmente, la inauguración de la primera Casa Ancestral del Cuidado Arhuaca se materializó, el 17 de mayo de 2026, tuvo un significado especial para nuestro equipo. Ese día me acompañó Giancarlos Delgado, quien era el director de nuestra Corporación y la única persona de la organización que todavía no conocía Jimaín, ni las mujeres de Josa.
Durante meses había seguido el proceso desde Medellín, participando en reuniones, celebrando avances y apoyando decisiones, pero aún no había tenido la oportunidad de caminar por el territorio y encontrarse con las personas que habían hecho posible aquel sueño.
Lo recuerdo observando cada detalle, conversando con las mujeres y sonriendo mientras las niñas y los niños recorrían la Casa.
Yoraima tomó la palabra.
-Hoy contamos con la primera Casa del Cuidado Ancestral en la Sierra Nevada de Santa Marta, donde nuestros usos y costumbres permanecerán vigentes. No quedaremos en los museos ni en los libros. Somos una cultura viva, en pie de lucha con nuestros saberes ancestrales y con el cuidado de nuestros niños y niñas.
Después habló Ramón autoridad de la comunidad.
-Participar es construir una ruta.
Y explicó que la Casa era el resultado de un esfuerzo colectivo entre la comunidad, los sabedores, las familias, la academia y las instituciones, con un propósito común, el bienestar de las niñas y los niños y la reducción de las cargas de cuidado de las mujeres.
Semanas después, el 2 de junio de 2026, Giancarlos falleció inesperadamente.
Desde entonces he pensado muchas veces en aquella jornada y me gusta creer que se fue con la satisfacción de haber visto materializado un sueño que nunca perteneció a una sola institución, sino a una comunidad entera que decidió seguir tejiendo su futuro desde sus propios saberes.
Hoy entiendo que el mayor aprendizaje que me dejó Jimaín fue comprender que cuidar también es trabajar, que transmitir conocimientos ancestrales también es trabajar y que sostener la vida es una de las formas más profundas del trabajo humano.
Y entendí algo más.
Hay territorios a los que uno no llega para llevar respuestas.
Llega para escuchar.
Para aprender.
Para comprender que el cuidado puede ser una forma de resistencia, que una mochila puede contener la memoria de un pueblo y que una casa puede construir algo tan valioso como el tiempo.
Las mujeres de Josa Constructoras de Paz llevan años haciéndolo. Puntada tras puntada. Cuidado tras cuidado. Sueño tras sueño. Porque la paz, la dignidad y el futuro se parecen mucho a las mochilas arhuacas.
Nada de eso se construye de un día para otro.
Todo se teje.
Con paciencia.
Con cuidado. Y, sobre todo, en comunidad.





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