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Primero de Mayo, por lo logrado y por lo que falta

Partamos de un hecho que, independientemente de la orilla ideológica desde la que se mire, ya empieza a consolidarse como un consenso: Colombia atraviesa un momento favorable en su mercado laboral, al menos si se le compara con los años recientes. No es una afirmación triunfalista ni una concesión ingenua, es la constatación de una tendencia que se expresa en cifras, en la transformación de dinámicas  productivas y en la recomposición del empleo. Sin embargo, persisten problemáticas estructurales en el empleo (de esas que no se solucionan en cuatro, ni ocho, ni doce años) que requieren especial atención y un esfuerzo de largo aliento. 

Por: Giancarlos Delgado


Si uno se detiene a hacer una radiografía del mundo del trabajo en 2025, aparecen varios elementos que vale la pena reconocer, la reducción sostenida de la tasa de desempleo no es menor pues pasar de 11,2% en 2022 a 8,9% en 2025 implica que cientos de miles de personas lograron reinsertarse en el mercado laboral. Esto no ocurre por inercia, responde a una combinación de recuperación económica, reactivación de sectores clave y cierta estabilización después de los choques de años anteriores, básicamente hoy hay más gente trabajando que hace tres años, y eso, en un país históricamente golpeado por el desempleo, tiene un peso político y social evidente.

A esto se suma que, en el ámbito nacional, comienza a instalarse una discusión más amplia sobre las condiciones laborales. Aunque aún lejos de consolidarse como regla, la Reforma Laboral ha situado en el centro del debate la necesidad de formas de contratación más estables en determinados sectores. En paralelo, se ha ido configurando un debate público más nítido sobre la calidad del empleo, y no únicamente sobre su cantidad. En otras palabras, ya no basta con “tener trabajo”: crece la exigencia de que este permita vivir con dignidad, proyectarse y acceder a derechos.

Este desplazamiento en el sentido común constituye un avance, en la medida en que redefine lo que la ciudadanía considera aceptable. Al mismo tiempo, amplía el margen de exigibilidad frente al Estado, al reforzar la idea de que el trabajo debe entenderse bajo una lógica de garantía de derechos.

Ahora bien, persisten desafíos estructurales. Las brechas no solo se mantienen, sino que en algunos casos permanecen prácticamente intactas. Una de las más evidentes es la diferencia en la tasa de desempleo entre hombres y mujeres: para 2025, las mujeres enfrentan un desempleo del 10,1%, frente a un 7,1% en los hombres, lo que representa una brecha de tres puntos porcentuales.

No se trata de un dato aislado, sino de la expresión de una estructura que continúa asignando cargas desiguales, penaliza la maternidad, concentra a las mujeres en sectores más precarios y restringe sus oportunidades de inserción laboral y, en consecuencia, de autonomía económica. A ello se suma que esta brecha no se corrige únicamente con crecimiento económico, dado que está anclada en relaciones sociales más complejas: el aumento del PIB, por sí solo, no desmantela las lógicas del patriarcado.

La informalidad, por su parte, continúa siendo el gran nudo del mercado laboral colombiano, que el 55,7% de las personas ocupadas (más de 13 millones) trabajen en condiciones informales no es solo un indicador alarmante, es una señal de que más de la mitad de la fuerza laboral está por fuera de las garantías básicas del trabajo: sin acceso pleno a salud, sin protección frente a riesgos laborales, sin posibilidad real de pensión. La informalidad no es un residuo del sistema, es uno de sus componentes centrales, y por eso mismo no se desmonta con medidas marginales. 

La situación de los jóvenes es otra alerta latente, una tasa de desempleo del 16,5% en personas entre 14 y 28 años, que se traduce en alrededor de 1,6 millones de jóvenes sin empleo, habla de un problema persistente de acceso al mundo laboral. No es solo falta de experiencia, es desconexión entre formación y demanda, es precarización de las primeras oportunidades, es frustración acumulada, un mercado laboral que no logra integrar a sus jóvenes de manera sostenida es un mercado que compromete su propio futuro.

En este contexto, los avances en materia normativa adquieren un valor particular. Conviene destacar la reciente reforma laboral, que introduce cambios difíciles de soslayar: la ampliación del reconocimiento de la jornada nocturna desde las 7:00 p. m. corrige una distorsión que, durante años, trasladó costos al trabajador; la dignificación del contrato de aprendizaje, con remuneración para los aprendices del SENA, reconoce que formarse también es trabajar; el fortalecimiento del contrato a término indefinido como regla general busca recuperar la estabilidad en un mercado marcado por la temporalidad; y las medidas para limitar la tercerización pretenden cerrar espacios de evasión de responsabilidades laborales. 

Son avances concretos, tangibles, que reequilibran en alguna medida la relación entre capital y trabajo. No son un regalo, son el resultado de disputas, de acumulados históricos, de organización sindical y lo cierto es que le pone peso a la balanza de los derechos laborales en un país que veía normal que la jornada nocturna iniciara 4 horas después de que se ocultara el sol.  

En la misma línea, la recuperación del poder adquisitivo del salario mínimo representa un cambio significativo en la vida cotidiana de millones de personas, en 2025, el salario mínimo se ubicó en 1.623.500 pesos (con subsidio de transporte), mientras que en 2026 alcanzó los 2.000.000 de pesos (con subsidio de transporte). 

Más allá de la cifra, lo relevante es que este incremento ha logrado superar la inflación en términos reales, lo que se traduce en una mejora efectiva en la capacidad de gasto; para quienes viven de su trabajo esto no es carreta, es la diferencia entre cubrir o no necesidades básicas, entre sostener un hogar o endeudarse para hacerlo. 

Ahora bien, reconocer estos avances no significa perder de vista el horizonte, porque el trabajo en Colombia requiere que sigamos luchando, pues persisten formas de precarización que no desaparecen sino que se transforman, y aun no logramos integrar al grueso de la población a un esquema de protección social suficiente, por eso, las transformaciones que necesitamos no caben en un solo periodo de gobierno ni se agotan en una reforma, exigen una política sostenida en el tiempo que garantice continuidad en la defensa de los derechos laborales. 

El primero de mayo, en ese sentido, no es una fecha conmemorativa más. Es un recordatorio de que los derechos laborales no fueron concedidos, fueron conquistados, que la jornada de ocho horas, el descanso, la seguridad social, el salario digno, todo aquello que hoy puede parecer obvio, fue en su momento objeto de lucha, de organización y, en muchos casos,  de represión. Llegar hasta aquí no fue inevitable, fue el resultado de procesos colectivos que vale la pena honrar.

Por eso también es un día de celebración. Celebración en el sentido más profundo, no como evasión sino como afirmación de lo alcanzado, hay algo potente en que millones de trabajadores y trabajadoras se reconozcan como sujetos de derechos, en que salgan a las calles no solo a reclamar sino también a afirmar su lugar en la sociedad. 

Este 1 de mayo: defender lo logrado, disputar lo que falta

Este primero de mayo no es para la indiferencia ni para el cálculo, es una invitación abierta a tomar posición, el asunto el claro,  defender sin ambigüedades los avances que se han conseguido, porque ningún derecho está blindado de forma permanente, todos pueden retroceder si no se sostienen en la movilización y en la vigilancia ciudadana. Y al mismo tiempo, es un llamado a no conformarse, a mantener la exigencia frente a aquello que sigue pendiente, la reducción de la informalidad, el cierre de brechas de género, la inclusión efectiva de los jóvenes, la garantía de condiciones laborales que permitan vivir sin estar preocupándose por llegar a fin de mes. 

Marchar, encontrarse con viejos amigos de lucha, debatir, gritar arengas,  no es un ritual vacío, es la forma en que el mundo del trabajo se hace visible y se reconoce a sí mismo, es la manera en que se recuerda que detrás de cada indicador hay personas concretas, trayectorias, esfuerzos, expectativas. Es, en últimas, la forma en que se sostiene la posibilidad de seguir avanzando.

Defender lo logrado no es mirar hacia atrás con nostalgia, es cuidar lo que permite avanzar, y luchar por lo que falta no es retórico, es asumir que el trabajo sigue siendo un terreno en disputa, que en la inminente avanzada de políticas antiderechos a escala global, hoy los tenemos mañana no sabemos. Entre ambos movimientos, conservar y transformar se juega buena parte del presente y del futuro del país.

Que este primero de mayo nos encuentre y lo celebremos, que veamos batucadas, bailemos, que suene como es habitual la “La internacional”, que recordemos que ser trabajadores y trabajadoras es un factor común a nuestras vidas, que la defensa por los derechos nos una, pues llegar hasta acá, no ha sido fácil.


Giancarlos Delgado Huertas

Politólogo de la Universidad Nacional de Colombia, con estudios de maestría en Hábitat en la misma institución. Cuenta con una sólida trayectoria en investigación en Ciencias Sociales, con énfasis en la defensa y promoción de los derechos humanos y laborales, así como en el análisis de cadenas de suministro. Ha liderado y acompañado procesos de trabajo comunitario, coordinación de proyectos sociales y de cooperación internacional, especialmente con poblaciones en situación de vulnerabilidad.

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