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En Medellín el costo de vida no permite generar empleo

Una economía que encarece la vida más rápido de lo que crecen los ingresos no solo deteriora el bienestar, también bloquea sus propias posibilidades de generar empleo, porque sin consumo no hay crecimiento y sin crecimiento no hay trabajo. Hoy nos está pasando en Medellín.

Por: Giancarlos Delgado Huertas



Recientemente, el DANE publicó las cifras de desempleo en las principales ciudades del país, y Medellín aparece como un caso sui generis que merece atención, pues en cuestión de un trimestre pasamos de registrar la menor tasa de desempleo a nivel nacional a convertirnos en la segunda ciudad con mayor pérdida de puestos de trabajo. 

En el primer trimestre del año, la tasa de desempleo nacional se ubicó en 9,6%, mientras que Medellín y su área metropolitana alcanzaron el 10,4%, una diferencia que resulta significativa cuando se observa su comportamiento reciente, ya que la ciudad experimentó un aumento de 2,5 puntos porcentuales frente al 7,9% del trimestre anterior, lo que la convierte en el segundo mayor incremento entre las principales ciudades del país, solo superada por Cartagena, y la ubica por encima tanto del promedio de las 23 ciudades (9,9%) como del total nacional.

Al adentrarnos al dato, se evidencia que la pérdida de empleo se concentra en sectores estratégicos que históricamente han absorbido la mano de obra urbana, la industria manufacturera, uno de los pilares tradicionales de la economía de Medellín, registró una reducción de 5,5 puntos porcentuales en su participación, lo que sugiere no solo una caída en la generación de empleo, sino una pérdida de productividad, a esto se suma el debilitamiento del comercio y la reparación de vehículos, actividades intensivas en trabajo y dependientes del consumo cotidiano.

Los datos nos llevan a un contexto preocupante, Medellín no está generando empleo (ni siquiera informal) y este comportamiento del mercado laboral adquiere mayor claridad cuando se pone en relación con la evolución del costo de vida en la ciudad, que en los últimos meses ha mostrado incrementos sostenidos en rubros determinantes del gasto de los hogares. Por un lado los alimentos mantienen variaciones elevadas que presionan la canasta básica, mientras los servicios públicos absorben una proporción creciente del ingreso familiar, pero el punto más crítico en términos de capacidad adquisitiva es el costo de la vivienda, con aumentos en los arriendos que en varios casos superan el 10% anual, impulsados por la presión del mercado inmobiliario, la expansión de las rentas de corta estancia como Airbnb y procesos de valorización urbana que encarecen de manera sostenida el acceso a un techo.

El efecto combinado de estos incrementos se traduce en una reducción efectiva del poder adquisitivo de los hogares, pues cuando el costo de vida crece más rápido que los ingresos laborales incluso quienes conservan su empleo ven limitada su capacidad de sostener niveles de consumo estables, en una ciudad como Medellín, donde buena parte de la actividad económica depende del comercio, los servicios y el consumo interno, la disminución del gasto de los hogares termina afectando los ingresos de las empresas, especialmente en sectores como el comercio minorista, la gastronomía y los servicios personales, altamente dependientes de un flujo constante de consumo.

Aquí se vuelve inevitable cuestionar la relación entre calidad de vida y modelo económico, pues una ciudad que encarece aceleradamente su costo de vida sin una expansión proporcional de ingresos y oportunidades laborales tiende a profundizar dinámicas de exclusión y precarización, y no,  Medellín no va a resolver su problema de empleo apostándole al turismo, un sector que, aunque dinámico, no tiene la capacidad de absorber la magnitud de la fuerza de trabajo que hoy enfrenta condiciones de inestabilidad.

La conclusión es que sin capacidad adquisitiva no hay demanda, y sin demanda la economía inevitablemente se contrae. Medellín está entrando en ese círculo, donde el aumento del costo de vida reduce el poder de compra de los hogares, enfría el consumo y termina golpeando a los sectores que más empleo generan, en particular aquellos intensivos en trabajo, en esas condiciones, pretender que el mercado laboral se recupere por sí solo es desconocer cómo funciona. 


Giancarlos Delgado

Politólogo de la Universidad Nacional de Colombia, con estudios de maestría en Hábitat en la misma institución. Cuenta con una sólida trayectoria en investigación en Ciencias Sociales, con énfasis en la defensa y promoción de los derechos humanos y laborales, así como en el análisis de cadenas de suministro. Ha liderado y acompañado procesos de trabajo comunitario, coordinación de proyectos sociales y de cooperación internacional, especialmente con poblaciones en situación de vulnerabilidad.

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