¿Por qué prosperan los préstamos gota a gota entre las economías populares?
La cuestión de los préstamos gota a gota suele reaparecer en medio de las coyunturas electorales a través de promesas grandilocuentes de reforma al mercado de créditos y persecución policial a los prestamistas. El que estos préstamos prosperen entre los negocios de la economía popular, sin embargo, no tiene tanto que ver con la flexibilización de las tasas de usura o la criminalidad urbana. A decir verdad, los gota a gota revelan más del llamado mundo del trabajo de lo que a veces deseamos reconocer.
Por: Juan Felipe Duque Agudelo
En poco más de dos décadas, los prestamistas gota a gota se han convertido en la principal fuente de endeudamiento de los sectores populares urbanos en el país. A pesar de su escurridizo registro estadístico, trabajos como los de Hernández García y Oviedo Gómez (2016) muestran que para el año 2010 los gota a gota concentraban el 35.7% del endeudamiento por vías informales a nivel nacional, y para el año 2013 se hacían ya con un sorprendente 42.8%. Pese a esto, es muy probable que la naturaleza subterránea de su actividad haya conducido, en las diversas fuentes disponibles, al subregistro de la verdadera magnitud que poseen los también llamados pagadiario en la reproducción de la vida popular.
Salvo honrosas excepciones, entre las cuales se destaca el trabajo de Falla Mejía (2022), la literatura académica se ha contentado con aproximarse al fenómeno gota a gota desde una perspectiva que se reduce a reconocer la asociación entre los préstamos gota a gota y ciertos atributos individuales de vulnerabilidad socioeconómica. A su vez, los gobiernos locales, la prensa y los lideres gremiales han difundido una narrativa narcotizada que presenta a los gota a gota como meros criminales que persuaden a sus deudores a fuerza de intimidación y violencia.
Dichas visiones, sin lugar a duda, se alimentan de la evidencia acumulada acerca de las prácticas predatorias de los cobradores y los vínculos que numerosas estructuras de cobro sostienen con organizaciones criminales y sus múltiples negocios ilícitos. Sin embargo, aun aceptando a rajatabla esta generalización, la pregunta más elemental en torno a los gota a gota permanece incontestada. ¿Qué es aquello, en este orden de ideas, que permite explicar el hecho de que las relaciones de deuda gota a gota se extiendan entre los sectores populares pese a existir una concurrida ecología de prestamistas alternativos?
Otro punto de partida
Para abordar la deuda gota a gota, en consecuencia, resulta necesario repensar la premisa narcotizada a través de la cual se han desarrollado la mayoría de las discusiones académicas y los debates en materia política. Dos razones justifican este procedimiento. La primera es que el universo organizativo de los pagadirario excede dicha caricatura construida por los gobiernos locales, los gremios empresariales y la prensa. La segunda, y no menos importante, es que los gota a gota —a diferencia de las prácticas extorsivas tradicionales— producen un tipo de relaciones de deuda inicialmente consensuadas.
Nadie, excepto la fuerza de las circunstancias, obliga a los individuos a suscribir un crédito gota a gota. El recurso a la violencia, cuando este se impone, siempre llega después de que un deudor consintió ingresar en dicha relación de endeudamiento. Esto amerita, por consiguiente, redirigir la mirada hacia aquellas circunstancias que hacen posible que una deuda cargada con las más altas tasas de interés del mercado y el riesgo latente de sufrir la más despiadada violencia prospere precisamente entre la vida popular urbana.
En esta medida, la tradición teórica de las economías populares ofrece valiosos recursos para explicar la producción del nexo social establecido entre los prestamistas gota a gota y sus deudores, así como para circunscribir las condiciones que envuelven las actividades económicas populares en el plano de unas economías que han tendido a destruir el ya maltrecho empleo asalariado y forzado a los trabajadores sin salario a una integración asimétrica en el mercado.
Los trabajadores de la economía popular, identificados en las visiones tradicionales como cuentapropistas informales, acceden mayoritariamente al endeudamiento gota a gota con el propósito de reiniciar sus procesos de trabajo y valorización. A la larga, como se explica mejor en El centauro de la deuda (Duque Agudelo, 2025), no resulta descabellado afirmar que el proceso de endeudamiento gota a gota se sobrepone, hace posible y —en creciente medida— constituye al propio proceso de trabajo de las economías populares.
Si bien es cierto que los gota a gota han venido conquistando el endeudamiento familiar y los gastos reproductivos de las familias populares, también hay que enfatizar en que los negocios populares (ventas callejeras y otras pequeñas unidades económicas autoorganizadas) representan una fuente permanente y continua de reproducción de las relaciones de deuda gota a gota. En todo caso, por motivos en los que no es posible profundizar acá, la estricta división entre la persistencia de familia popular y el desarrollo de la empresarialidad desalarizada resulta en exceso porosa y ambigua (Bernal et al., 2023).
El dinero prestado por los acreedores gota a gota, por su parte, penetra en el modo en el cual es desempeñado el proceso de trabajo popular. En un debate ocurrido dentro del Concejo de Medellín en el año 2016 se enumeran ciertos atributos que permiten comprender aquello que lleva a que los trabajadores de la economía popular se inclinen por los pagadiario y no por otros acreedores disponibles dentro del mercado de créditos. La capilaridad del dinero, la automaticidad de los préstamos, la simplicidad en las fórmulas y tasas de interés, la presencia permanente de los prestamistas, la flexibilidad en los medios de pago y la efectividad de los mecanismos de cobro exponen un ritual de endeudamiento fabricado para financiarizar desde abajo a la fuerza de trabajo expulsada de las relaciones salariales.
Pero bien, ningún proceso de endeudamiento ocurre en un vacío social. Las economías populares se incorporan a las relaciones de deuda a través de una relación de asimetría que no experimentan, por ejemplo, los asalariados cuando acuden a la banca. El enfrentamiento entre la fuerza de trabajo de la economía popular y el dinero prestado por los gota a gota encuentra a sus deudores en tal situación de desprotección que el prestamista no solo se convierte en un factor condicionante del proceso de trabajo y de valorización, sino —por paradójico que parezca— en la encarnación misma del bienestar y en un garante predatorio de la vida popular.
El punto de partida para pensar a los gota a gota, en suma, pasa por indagar cómo esta deuda se ha adherido a los procesos de trabajo de la economía popular pese a que la relación desigual de fuerzas entre acreedores y deudores conduce a una apropiación desmedida del valor producido por la fuerza de trabajo y, en muchos casos, al uso de la violencia y la crueldad en el momento del cobro.
Alta complejidad organizacional
Como resultado de esta adherencia entre los procesos de trabajo de las economías populares y los procesos de endeudamiento gota a gota emerge una capa adicional del problema: para conducir esta deuda hace falta que los gota a gota se hagan de arreglos organizacionales flexibles, escalables y de difícil seguimiento por parte de las autoridades. A su vez, los acreedores deben reclutar una creciente masa de trabajadores —pertenecientes ellos mismos a los sectores populares— dispuestos a cargar con buena parte de las consecuencias de protagonizar una actividad económica perseguida.
En esa medida, los cobradores de ruta surgen como figuras proletarias que se posicionan en la base de la pirámide gota a gota. Pero también cuadros administrativos como los llamados “revisadores”, encargados estos de velar por el control de los cobradores, la legitimidad de las relaciones de deuda y la integridad del dinero prestado. Entre algunos jefes acreedores, a su vez, se promueven vías de ascenso organizacional encarnadas por cobradores entusiastas conocidos como los “librados”.
Pese a lo anterior, la investigación de campo revela que no hay un único registro organizacional que se le pueda atribuir a los pagadiario. Antes bien, se podría hablar por lo menos de tres. Los primeros son pequeños prestamistas unipersonales que tienden a mantenerse al margen de las organizaciones criminales y restringen sus préstamos al establecimiento de relaciones de proximidad y confianza con sus deudores. A diferencia de otros tipos de prestamistas gota a gota guiados por la reproducción ampliada de sus respectivos capitales, este tipo de pagadiario representa un acreedor que mantiene su actividad con el propósito principal de reproducir su existencia y la de su familia. Se inclina más, en consecuencia, a la experiencia social de los trabajadores sin salario.
Luego están las estructuras de cobro de mediano alcance que, si bien cuentan ya con mayor complejidad organizacional, suelen mantener una relativa autonomía con respecto a las organizaciones del crimen y depositar en las facultades de estas la responsabilidad emplear la violencia contra los deudores. Por último, las estructuras de cobro de lago alcance se caracterizan, entre otras cosas, por su integración dependiente al crimen y la lógica subyacente de diversificar rentas ilícitas de distintos orígenes.
Así las cosas, el universo de los gota a gota no es homogéneo ni monolítico. Más aún, los diversos prestamistas y estructuras de cobro tienden a competir ferozmente: desde la modulación de las tasas de interés o la ampliación de los plazos de pago, hasta los robos de cartera, las expulsiones forzadas y la violencia asesina. Estas implacables luchas entre acreedores suelen encontrarse entre las motivaciones más comunes de aquellos prestamistas que decidieron emprender una temprana expansión global a partir del año 2008, y que hoy posibilitan que existan prestamistas colombianos por lo menos en 15 países de la región.
Una discusión política
En los últimos años, la banca tradicional y sus representantes han movilizado una narrativa según la cual los préstamos gota a gota consiguen prosperar gracias a las excesivas barreras legales que limitan el tope de las tasas de interés en el sector bancario legal. La premisa que se halla en la trastienda de este razonamiento supone que la banca estaría en capacidad de reemplazar las relaciones de deuda gota a gota si la ley le permitiera absorber los posibles riesgos financieros de incluir a los sectores populares a través de tasas de interés más holgadas.
Dicha aseveración no solo reproduce las conocidas agendas tendientes a promover el adelgazamiento del Estado y el crecimiento de los márgenes corporativos como respuesta anticipada a cualquier debate en materia política. Lo más problemático es quizá que se confunden tendenciosamente las causas del fenómeno gota a gota. La estrategia para combatir a los gota a gota, si se quiere, debe soportarse sobre la intervención en aquello que les alimenta cotidianamente, esto es, el proceso de trabajo de las economías populares. Lejos de ser una cuestión exclusivamente atada al mercado de créditos, los gota a gota revelan más del llamado mundo del trabajo de lo que a veces deseamos reconocer.
Referencias
Bernal, M., Giraldo, C., Ramírez, Y. (2023). Habitar la ciudad desde las ventas callejeras. Experiencias en la localidad de Suba, Bogotá. En V. Gago, C. Cielo, N. Tassi (coords.), Economías populares. Una cartografía crítica latinoamericana (pp. 231-257). CLACSO. https://biblioteca-repositorio.clacso.edu.ar/bitstream/CLACSO/248847/1/Economias-populares.pdf
Duque, J. F. (2025). El centauro de la deuda: dinero y poder en la Medellín popular [Monografía]. https://repositorio.unal.edu.co/handle/unal/88536
Falla Mejía, L. (2022). Interconexiones poderosas: morfología sobre la red de los pagadiario [Monografía]. http://hdl.handle.net/10183/239786
Hernández García, E. A. y Oviedo Gómez, A. F. (2016). Mercado del crédito informal en Colombia: una aproximación empírica. Ensayos de Economía, 26(49), 137-156. https://doi.org/10.15446/ede.v26n49.63820
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